Capítulo 8: «No habiendo más, con Peñalosa me acuesto»

Primera temporada

Tomada de El Espectador.

Advertencia: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas advierten que su trama está «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. La Candidata Presidencial es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación del autor. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Miércoles 19 de febrero de 2014

Germán Vargas Lleras llegó con 12 minutos de anticipación. A esa hora ya recorría el tercer piso de la Casa de Nariño, dando pasos largos sobre la alfombra roja. Quienes venían en sentido contrario le abrían paso, intimidados, como animales que se quitan del camino cuando ven de frente a un peligroso depredador. Siguió hasta la antesala de la oficina del Presidente de la República y, sin esperar a que la secretaria de turno lo anunciara, se asomó a la puerta que advirtió abierta. Allí estaba Juan Manuel Santos con María Isabel Nieto (quien recientemente había asumido funciones como Secretaria Privada) y Mauricio Rodríguez (asesor de comunicaciones y cuñado del Presidente). Entre los tres repasaban la agenda del día y discutían algunas de las cifras que en breve resaltaría el Presidente en los llamados diálogos de gestión, esta vez, en el Ministerio de Agricultura.

—No se le vaya a olvidar, Presidente, hablar de las 100 mil viviendas gratis que se están construyendo tan solo en el sector rural. Recuerde que pocas cosas emocionan tanto a un colombiano como una casa regalada.

Vargas Lleras no lo dijo. Lo exclamó. Él tenía dos maneras de proyectar que, en donde estuviera, no era un pelafustán más sino un hombre supremamente poderoso que podía pasarse por alto algunas reglas sociales sin que nadie se atreviera a confrontarlo. Uno: fumaba donde le diera la gana, desde el mismísimo avión presidencial (lea el perfil escrito por Gustavo Gómez Córdoba), hasta los pasillos de RCN Radio, en Bogotá. Con cada bocanada de humo expresaba lo que por dentro pensaba: “Así es, estoy fumando. ¿Y qué? Ni se atreva a decirme que lo apague porque soy capaz de mandarlo a comer mierda”. Dos: cruzaba cualquier puerta sin tocarla antes, entrometiéndose en la conversación que fuera con voz imponente, como diciendo “yo no tengo que pedir permiso para hablar; faltaba más”.

—Pero si llegó el cumpleañero —dijo la Secretaria Privada, levantándose para darle un abrazo.

—Tú como siempre con tan buena memoria, María Isabel. Muchas gracias.

—¿Y cuántos está cumpliendo, Germán? —intervino Santos.

—Apenas 52 añitos, Presidente. Nada del otro mundo —respondió mientras entraba a la oficina sin haber sido invitado a seguir.

—Uy, no me asuste —añadió el mandatario—. Cuando dice “añitos” me suena a Uribe. No me diga que ahora usted también habla en diminutivos.

—Pero cómo se le ocurre, Presidente. Ni más faltaba. No piense ni por un segundo que el suscrito habla el mismo idioma de semejante personaje. Es más: precisamente he venido para aprovechar la oportunidad de esta reunión, a la que usted me ha convocado, y despejarle cualquier inquietud que tenga sobre mí.

Vargas Lleras dijo esto mirando con desconfianza a Mauricio Rodríguez. Sabía que él había estado conspirando contra su elección como fórmula vicepresidencial (ver capítulo anterior: “Saboteando a Vargas Lleras”).

—Eso sí —agregó Vargas Lleras—, me gustaría tener esta conversación a solas.

Una vez más, no estaba pidiendo permiso. No dijo “si a usted le parece bien, señor Presidente”, ni “si usted me concede esa licencia, señor Presidente”. No. Las palabras que usó fueron “me gustaría”.

María Isabel y Rodríguez miraron a Santos, esperando su instrucción. El Presidente asintió con la cabeza y ambos salieron del despacho.

—Siéntese, Germán. ¿Quiere tinto?

—Le agradezco, Presidente.

Santos levantó el teléfono y ordenó dos tazas de café. Vargas Lleras se acomodó en un puesto del sofá y, ansioso, empezó a acariciar el protector que cubría la falange del dedo corazón en su mano izquierda. La falangina y la falangeta las había perdido, años atrás, como víctima de un libro-bomba en su propia oficina en el Congreso de la República. Peor suerte corrieron el anular y el meñique, totalmente mutilados. Durante algún tiempo, sus contradictores políticos se refirieron a él como “el senador 2.5” (o 7.5, si se contaban las dos manos). Incluso, llegaron a criticar su testarudez diciendo que no se podía esperar mucho de quien no tenía ni tres dedos de frente. Pero, ahora, los dedos de Vargas Lleras ya no eran un tema de burlona conversación. Lo que sí persistía en él era esa maña de sobar el protector de la falange (con el pulgar de la misma mano izquierda), movimiento que se acentuaba en momentos de ansiedad y nerviosismo. Esta vez no era para menos: se estaba jugando su tiquete a la Vicepresidencia.

—Germán —retomó Santos—, desde hace mucho hemos hablado de la posibilidad de que me acompañe como fórmula en esta campaña. Me inclino porque así sea y usted realizó un muy buen trabajo haciendo las paces con los partidos de la coalición.

—Así es, Presidente. Como usted bien debe saber, me he acercado a ellos y les he expresado que de mi parte solo tendrán a un aliado más. Les he dicho también que pueden contar conmigo para que reciban una justa representación de sus partidos en el Gobierno, por supuesto, teniendo siempre presentes las consideraciones del Presidente de la República.

Santos, que se había acomodado ya en una poltrona, le preguntó con la mayor seriedad:

—¿Sabe cuál es la inquietud que aún tengo sobre usted?

Vargas Lleras se levantó de su asiento y guardó su incompleta mano izquierda en el bolsillo del pantalón, preparándose para reforzar sus siguientes palabras con los movimientos de la derecha.

—Vea, Presidente: tengo perfectamente claro que le han sembrado dudas sobre mi posición con respecto al proceso de paz. Por supuesto que no le voy a negar que he sido escéptico y decir lo contrario sería contraevidente, máxime cuando, a lo largo de mi carrera política, he mantenido posiciones muy críticas con respecto a las guerrillas y su voluntad de paz. Pero, Presidente, nadie como yo ha demostrado tanta lealtad hacia usted y su dignidad como Jefe de Estado, lo que ha incluido el más profundo respeto por su decisión de adelantar unas negociaciones en La Habana. Es más, creo ser el único del gabinete que cumplió a cabalidad con la instrucción impartida por usted, en el sentido que nadie distinto al Presidente de la República debía pronunciarse al respecto. Le aseguro, Presidente, que en mí no encontrará cuestionamiento alguno por la decisión suya de iniciar y mantener aquellos diálogos.

—Más que el silencio que ha guardado, Germán, lo que me pone a pensar es que no respalde el proceso, ni siquiera en privado. Comprenderá que para mí es difícil escoger a un Vicepresidente que no esté convencido de negociar la paz.

—Déjeme decirle, Presidente, que ahora estoy convencido de que esto hay que hacerlo, tal vez por razones distintas a las suyas… No sé cómo lo verá usted, pero así es como lo interpreto yo: con este proceso estamos avanzando hacia una victoria fulminante del Estado sobre la guerrilla. Primero, usted ha venido sacando del país a los principales líderes de las Farc, para que se sienten en la mesa de negociaciones. Eso, en términos prácticos, significa que los estamos dejando sin mandos fuertes en el monte. Segundo, cuando firmen el acuerdo, no solo se van a desarmar, sino que los vamos a empujar a las urnas para que pierdan.

Santos se quedó viéndolo con empatía. Sin haber tenido que explicárselo, Vargas Lleras había interpretado los diálogos en Cuba tal y como el mismo Presidente los entendía.

—¿Eso quiere decir, que cuento con usted para apoyar el proceso en La Habana?

—Presidente: si esos bandidos van a desaparecer militarmente y se van a demorar décadas en nacer electoralmente, ¿cómo no voy a apoyar que caven su propia tumba?

***

Una carcajada retumbó en el apartamento de Felipe Zuleta Lleras. La Candidata reía con un video de él “impartiendo” clases de reguetón en la mesa de trabajo de Blu Radio.

—¿Qué fue lo que le dijiste ahí a Néstor Morales? —preguntó ella entre risas, señalando la pantalla del iPad.

—Le advertí que si me decía barrigón, le renunciaba, que se iba a quedar sin la perra de la mesa.

La Candidata volvió a escupir una risotada.

—Solo a ti te dejan decir esa clase de barbaridades, Felipe. ¿Y esto cuándo fue?

—Esta mañana. Empecé a joder con esa vaina y luego no me quitaba de encima a Néstor diciéndome que cantara con música y todo. 

—Pues me alegra que te diviertas a pesar de todo.

—¿Por qué dices que “a pesar de todo”?

—Pues… Felipe, suelo escucharte en las mañanas, aunque no sé cómo me perdí esta perla reguetonera de hoy. También leo tus columnas en El Espectador y veo a un Felipe asqueado y hasta descompuesto por tantas cosas que pasan.

—¿Te refieres a lo de Petro?

—No. De eso escribiste recientemente, pero tu hastío va mucho más allá. Me llamó especialmente la atención la columna en la que dices que este país es tóxico, que uno ve los noticieros y uno queda enfermo por tanta “mierda”.

—Es que es verdad. Yo dejé de ver muchos noticieros porque uno se deprime. Y no es solo un tema de políticos que se insultan entre ellos, sino la misma sociedad. Cada vez somos más intolerantes. No más en Twitter se puede ver el nivel de agresividad y de violencia. Somos un pueblo de matoneadores que se la pasa insultándose y agrediéndose.

—Por eso mismo te pedí que me recibieras. Tú compartes el espíritu de mi campaña. Más allá de la incredulidad en la política, me refiero a la desazón que tenemos tú y yo por lo que somos los colombianos.

—Ay, mijita, no jodás que quieres tomarte una foto conmigo pa’ decir que yo me adherí. O peor, no me vas a poner a hablar bien de ti en la radio, porque, si a eso viniste, no me parece elegante.

—No me subestimes, Felipe. No vengo por una foto pendeja ni a comprar tus opiniones en el micrófono.

—¿Entonces?

—Quiero que seas mi fórmula vicepresidencial.

La carcajada fue ahora de Zuleta.

—Estás miando por fuera del tiesto, y bien lejos del tiesto —respondió él.

—Hablo en serio —replicó ella sin asomar una arruga de sonrisa.

—No sé qué te hace pensar a ti, uno, que yo pueda aportarle votos a tu campaña y, dos, que a mí me interese.

—Sé que, como yo, no te soportas lo que somos los colombianos, esa violencia que cargamos por dentro, ese ánimo tramposo y ventajoso que conduce nuestras acciones. Y por eso también sé que te gustaría hacer algo para decirle a este país que la culpa de sus males no son los políticos, ni el modelo económico, ni “el establecimiento”, sino que los ciudadanos somos el mal, por ignorantes, por deshonestos, por cínicos. Aquí todos somos felices criticando a los otros, culpando a los demás de nuestras tragedias, sin voltearnos a mirar el enorme rabo de paja que llevamos atrás. Te digo que esta es una oportunidad para empezar una revolución cultural, una campaña sin precedentes para decirle a este pueblo que está enfermo, podrido, y que no podemos esperar a que los políticos cambien si no cambiamos nosotros, porque la corrupción y la violencia son simple reflejo de lo peor que hay en cada uno de nosotros como sociedad.

Zuleta se quedó extrañado, un poco intimidado por la visceralidad con la que le habló la Candidata y que sonó a regaño.

—Sí… He visto algunas de tus piezas de campaña… Pero francamente no creo que consigas muchos votos diciéndoles a los ciudadanos que son unos matones ignorantes.

—Creo que los colombianos saben, o al menos intuyen, que eso son. Y también creo que están dispuestos a cambiar, pero para eso necesitan alguien que les cante la tabla, sin eufemismos, que les diga en la cara esas verdades de las que son conscientes, pero de las que siempre prefieren hablar en tercera persona, como si la cosa no fuera con ellos. No sé si te has dado cuenta, pero nuestra intención de voto se triplicó de enero a febrero. La última Gallup nos da 3,4 por ciento. Por supuesto que seguimos en el margen de error, pero es un buen indicador.

—Me perdonas, pero a mí me parece un pésimo indicador. No me vas a decir que vas a dispararte en tres meses y ganar. Ese cuento no se lo cree nadie.

—Pues claro que no voy a ganar. Lo tengo clarísimo. Y diré lo mismo frente a cualquier periodista que me lo pregunte: NO VOY A GANAR. NO SOY ESTÚPIDA. Empezando por ahí marcamos la diferencia. Cualquier Óscar Iván o Marta Lucía que diga que va a ganar no solo se ve como un idiota sino que insulta la inteligencia de la gente. Los colombianos, entre muchas otras cosas, no creen en los mantras vacíos que siempre usan los candidatos: “La verdadera encuesta es el día de la elección”; “Cero tolerancia contra la corrupción”; “Lucha contra la pobreza”; “Vamos a trabajar por el pueblo y para el pueblo; “Vamos a generar un país de oportunidades”. ¡Qué va! Los políticos, cada cuatro años, repiten las mismas frases pendejas de siempre. Eso no es lo que vamos a hacer nosotros. Alguna vez oí a Mockus decir que los colombianos llevamos a un gamín en el corazón. Pues nuestro discurso es contra ese gamín: “Cero tolerancia contra usted, ciudadano de a pie corrupto que compra celulares robados”; “Lucha contra la pobreza mental suya, que se indigna por la violencia de las Farc pero que es capaz de echarle el carro al otro o irse a los golpes porque lo cerraron en la vía”. Es que aquí somos de un cínico y de una doble moral tan asquerosa, que hacemos cara de preocupados por un caso de matoneo escolar, pero todos somos unos bullies que le caemos a golpes y escupitajos a Shakira porque se equivocó cantando el himno nacional.

Zuleta se permitió un tiempo para digerir semejante concepto.

—Bueno… si tienes tan claro que no vas a ganar, la siguiente pregunta de cualquier periodista será: ¿y entonces por qué eres candidata?

—Le diría la verdad: soy candidata para usar estas elecciones como plataforma de un movimiento a mediano plazo, para tener acceso a medios y empezar a conseguir simpatizantes, tal vez para la Alcaldía de Bogotá, o para la Presidencia en cuatro años.

—Bastante franco para el gusto de muchos… Pero explícame, ¿yo qué te aporto como fórmula vicepresidencial?

—Que tú no tienes pelos en la lengua y que no te interesa ser políticamente correcto. Eso, en otras palabras, significa ser francamente crudo. Como te dije: a los colombianos hay que decirles sus buenas verdades y tú eres bueno para dar cantaleta.

Zuleta se puso las manos en la cintura y se dirigió a la ventana. Contempló la vista y reflexionó sobre la inesperada propuesta. La Candidata aprovechó para revisar su celular. Como de costumbre, su móvil había estado emitiendo cortas e insistentes vibraciones por la entrada de nuevos mensajes de chat. Abrió la ventana de la conversación con Mauricio Rodríguez.

Nada que hacer

El Pre ya se decidió por V LL

Va a hacer el anuncio la otra semana

Dónde estás???

La Candidata apretó los dientes. Se puso roja de la ira.

—Piénsalo, Felipe —dijo poniéndose en pie y agarrando su bolso.

—¿Ahora te cogió el afán? ¿No le vas a despreciar la sopa a Elvirita?

—Discúlpame, pero es que hay un gamín que me está dificultando las cosas. Avísame cuando estés listo.

—No te he dicho que sí. Lo tengo que consultar con mi marido.

A pesar de la furia que sentía por la noticia que acababa de recibir, el comentario de Zuleta alcanzó a sacarle una sonrisa.

—¿Sabes qué sería lo más divertido de ganar la Presidencia contigo? —preguntó la Candidata.

Zuleta levantó las cejas esperando la respuesta.

—En caso de remplazarme, aunque no serías el primer presidente gay que haya tenido este país, sí serías el primero abiertamente gay. De solo pensarlo, me resulta fascinante.

***

Solo hasta la noche pudieron hacer un puente telefónico para hablar, desde diferentes puntos de la ciudad, Gustavo Petro, Enrique Peñalosa y la Candidata. Ella escuchaba con desespero los reclamos que se hacían los dos hombres.

—No veo por qué el Alcalde Mayor de Bogotá —decía Petro sobre él mismo, con esa costumbre de nombrarse en tercera persona— deba respaldar a quien quiere sacarlo del cargo… cargo para el que ya fue elegido en las urnas por los bogotanos y las bogotanas. Si el doctor Enrique Peñalosa fue traicionado por el presidente Santos, como dice la Candidata, y me consta que ella siempre está muy bien informada, me parece apenas razonable que quien necesita de mi respaldo sea él y no al revés.

—Alcalde —replicó Peñalosa—, se lo he dicho de todas las maneras posibles: a mí me queda muy difícil apoyar el “no” a la revocatoria. Usted sabe cómo me han cobrado con creces los cambios de postura que he tenido en el pasado y ahora no me voy a inmolar saliendo a decir que respaldo su gestión cuando siempre la he criticado. Ojalá pudiera devolverme en el pasado para abstenerme de lo que he dicho, pero no puedo. Ahora, tampoco puedo decir que no voy a votar, porque la opinión me come vivo. No tiene presentación que yo, como exalcalde, diga simplemente que no participo en la votación de la revocatoria. Lo máximo que le puedo ofrecer es que no voy a hacer campaña para sacarlo. Pero, eso sí, cada vez que me pregunten sobre el tema, no tendré más opción que decir que votaré, en mi deber ciudadano y como exalcalde coherente con mis críticas, por el sí a la revocatoria. Pero insisto, no haré campaña con el tema.

—Pues eso no resulta aceptable ni suficiente para los seguidores de la Bogotá Humana —reviró Petro, mientras Peñalosa torcía los ojos del fastidio—. Y  si las cosas son así, no hay nada que yo pueda hacer. Así como usted dice que ofrece no hacer campaña ni a favor ni en contra de la revocatoria, entonces yo también le ofrezco no hacer campaña, ni a favor ni en contra, del aval que debe darle la Alianza Verde al candidato que resulte de la consulta interna del Partido (leer “Verdes amenazan a Peñalosa con negarle aval presidencial”).

La Candidata entendía muy bien el juego de póker que allí se estaba dando. Ambos jugadores estaban dispuestos a perderlo todo con tal de no ceder en sus posiciones. Era ella la llamada a inclinar la balanza hacia un lado, dejando ver las cartas débiles de uno de los dos apostadores.

—Gustavo… —intervino la Candidata— Santos no solo bajó a Enrique de la Vicepresidencia. Su decisión implica que, al darle el tiquete a Vargas Lleras, te van a descabezar a ti también.

—¿Eso es una suposición o es una certeza?

Era una suposición. La Candidata solo tenía en sus cartas una conjetura basada en noticias y opinadores, pero era el momento de bluffear.

—Tú mismo lo acabas de decir, Gustavo: estoy muy bien informada. Lo que han dicho en la radio no es un simple análisis. La verdad es que desde la Presidencia le ordenaron al Ministro de Hacienda demorar los recursos de la revocatoria para aplazar la elección y tener tiempo de destituirte antes.

Vino un tenso silencio, el mismo que se da en el póker cuando alguien aumenta significativamente la apuesta y el siguiente jugador se queda mudo, pensando que tal vez sus cartas no eran tan buenas como creía.

—El Presidente —dijo Petro— se comprometió a acatar las medidas cautelares de la Comisión Interamericana y yo sé que me las van a otorgar, tengo información de que…

—Tú tendrás toda la información que quieras de Washington —interrumpió ella—pero yo tengo información de boca del Presidente y él, escogiendo a Vargas Lleras, no solo traicionó el compromiso que tenía con Enrique sino que hará lo mismo contigo. Te garantizo que se van a ir con toda por los votos de Bogotá y lo harán mostrando tu cabeza.

Otra vez, el tenso mutismo.

—Tienes dos opciones cuando te destituyan —prosiguió ella—: puedes resignarte a patalear apenas con la minoría de senadores que va a sacar la Alianza Verde en la elección de Congreso… o le apuestas a batallar sobre los votos del único candidato que tiene opción de derrotar a Santos. Si le despejas el camino a Enrique y él gana, tu Partido va a tener Presidente propio. En el tortuoso camino que te espera para recuperar tus derechos políticos, conviene tener a un amigo poderoso en la Casa de Nariño. ¿O no Enrique?

—Alcalde —dijo Peñalosa— yo no estoy de acuerdo con lo hecho por el Procurador. La verdad es que yo haría lo que estuviera a mi alcance para que usted recupere sus derechos políticos. Creo que es hora de empezar a acercarnos y le pido que dé usted el primer paso y envíe un mensaje a los Progresistas, para que no obstruyan mi candidatura.

—Gustavo —añadió la Candidata—, vamos por partes. No tienes que tomarte ya una foto con Peñalosa. Podemos esperar hasta la segunda vuelta, pero por ahora no te conviene sepultar a quien puede ser tu salvación.

Petro no contestó de inmediato. Verónica Alcocer, su esposa, estaba al lado escuchando la conversación telefónica. Fue ella la que le dio el empujón final, poniendo su mano sobre el hombro de él y asintiendo con la cabeza.

—Parafraseando el dicho: “No habiendo más, con Peñalosa me acuesto” —dijo Petro con una sonrisa de resignación—. Déjenme ver qué puedo hacer.

***

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